Con alma de Adriana Puente

 




 Un perro manso y bueno, frecuentaba mi negocio.
Le dábamos de comer, de noche dormía en un cajón vacío de frutas que a mi pedido los niños habían traído y lo dejaban en el porche. Pasaban largo tiempo jugando con la mascota. Mis niños estaban en la edad de los sueños con magos, hadas y todo lo que ellos inventaban. Corrían en la vereda con él demostrando  felicidad, por dejarlos jugar y empaparse de amor, con esa ternurita.

Cada mañana los esperaba, no se de donde vino. Hay veces que el perro parecía un ángel y sus patas las alas que mis pequeños atrapaban.
Todos los comerciantes lo queríamos y lo bautizamos Coqui, un nombre común de cachorros para mi familia.
No sabíamos su sexo tenia como tres meses.
Ni soñando llevaba perros a casa, pero un día, me estremeció la vida, las lagrimas de todos mojo el espacio que nos separaba.

Cruzo la vía corriendo.
El tren le cortó una manito, era toda confusión y gritos, lo llevaron al veterinario que prometió salvarlo, no estaba golpeado, solo freno dejando su manita al paso del tren. Nunca vi tantos niños visitar la veterinaria para ver a Coqui.

En el can quedó sus ilusiones  y el dolor aprendido por el sufrimiento de un animalito.
Se mejoro pero quedo  rengo, a pedido de mis hijos lo llevamos a casa calentito.
El lugar lo eligieron ellos, teniendo casa comida agua y amor ningún perro abandonado y rengo desprecia un lugar.

El milagro de salvarse nos trajo paz, hoy juega y salta con sus tres patitas y nada le impide ser feliz.
  

                                                                                               Gladys Ovadilla


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