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Un perro manso y bueno,
frecuentaba mi negocio.
Le dábamos de comer, de noche dormía en un cajón vacío de frutas
que a mi pedido los niños habían traído y lo dejaban en el
porche. Pasaban largo tiempo jugando con la mascota. Mis niños
estaban en la edad de los sueños con magos, hadas y todo lo que
ellos inventaban. Corrían en la vereda con él demostrando
felicidad, por dejarlos jugar y empaparse de amor, con esa
ternurita.
Cada mañana los esperaba, no
se de donde vino. Hay veces que el perro parecía un ángel y sus
patas las alas que mis pequeños atrapaban.
Todos los comerciantes lo queríamos y lo bautizamos Coqui, un
nombre común de cachorros para mi familia.
No sabíamos su sexo tenia como tres meses.
Ni soñando llevaba perros a casa, pero un día, me estremeció la
vida, las lagrimas de todos mojo el espacio que nos separaba.
Cruzo la vía corriendo.
El tren le cortó una manito, era toda confusión y gritos, lo
llevaron al veterinario que prometió salvarlo, no estaba
golpeado, solo freno dejando su manita al paso del tren. Nunca
vi tantos niños visitar la veterinaria para ver a Coqui.
En el can quedó sus
ilusiones y el dolor aprendido por el sufrimiento de un
animalito.
Se mejoro pero quedo rengo, a pedido de mis hijos lo
llevamos a casa calentito.
El lugar lo eligieron ellos, teniendo casa comida agua y amor
ningún perro abandonado y rengo desprecia un lugar.
El
milagro de salvarse nos trajo paz, hoy juega y salta con sus tres
patitas y nada le impide ser feliz.
Gladys Ovadilla
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